Polifemo y Galatea

"... se abrasa deseándome,

olvidado de sus rebaños y cavernas."

" Oh Cíclope, Cíclope!

¿Dónde tienes la cabeza?"



Quiso un destino lúdico que Polifemo no fuese solo una fábula grecolatina, sino que su voz (esa con que cantaba a Galatea), llegase hasta Córdoba (lugar y persona) impregnando su esencia de nuevos matices. Posiblemente es la influencia mágica de ese mosaico oculto la que ocasionalmente le hace reaparecer como inspiración. En Góngora se materializó en un oscuro y bello poema y hoy, reinterpretando el poema y con él el mito, lo hace José María (Córdoba y cordobés). Curiosamente ninguno de ellos tuvo conocimiento del mosaico: Góngora jamás lo supo, aunque muchas veces pasease sobre él, y en Córdoba fue un descubrimiento casual posterior a la elaboración de la obra.

La figura de Polifemo es una de las grandes creaciones literarias; es genial pensar en el gigante horrendo enamorado. La ternura y la fiereza en un solo ser, dos contrarios en un solo sujeto. Ese es el claroscuro que tanto amaban los barrocos y que a nosotros nos sigue atrayendo. De él serán deudores la Bestia, King-Kong, Drácula y todo un universo de monstruos cegados por la pasión.

Polifemo es un monstruo, físico y moral, traspasado por el dardo de Afrodita. Es un ser desmesurado que encierra una tierna y terrible contradicción temperamental. La figura inhumana y despiadada de la Odisea, ese ser sediento de sangre, transforma por amor su brutalidad en mansedumbre, convirtiéndose en un personaje bonachón, deliciosamente ingenuo y tan patético que llega a conmovernos. El amor, a través del canto, hará decir al monóculo y ridículo galán los piropos más brillantes, aunando a la más grotesca deformidad la máxima ternura: "... por tu mano quemar me dejaría el alma y este único ojo, que es lo que más quiero". Solo la conciencia del engaño le hace retomar a su ser originario, rompiendo la aparente armonía y desencadenando la tragedia con su venganza.

Polifemo es la pasión animal ciega, la manifestación telúrica de la pasión. En su personaje encontramos un desplazamiento metafórico entre lo humano, lo animal, lo vegetal y lo mineral; lo humano y lo inanimado. En él se asocia el latido de las fuerzas elementales de la tierra a la voluptuosidad del amor. Estas transferencias metafóricas están en la base de toda la obra.

Si él es la fealdad, Galatea es la belleza. Encontramos en la obra los colores calientes de la primavera y el verano en Sicilia y Bolonia. La naturaleza ardiendo en calentura por los amores de Galatea. Ella es la más bella ninfa del reino de la espuma, la nereida en la cual Venus resume el encanto de las tres gracias y las bellezas del cielo. Es una divinidad sin templo pero a quién la orilla del espumoso mar sirve a sus enamorados como altar para sus ofrendas. Galatea es el agua refrescante que puede templar el fuego del amor. Ese amor que deja a sus perseguidores quemándose a solas como el Etna (fragua de Vulcano y boca iracunda de Tifeo) porque es la belleza intocable.

Si Polifemo es lo antitético de la belleza, el amor monstruoso y grotesco que es repetido, el amor de Acis armoniza con la belleza de Galatea. En su amor la belleza alcanza su desarrollo creador: ella es la belleza suave, de delicadísimos matices; en él se alía con la fuerza y la ardorosa pasión, es lo ardiente y lo húmedo, la bella virilidad.

La trágica muerte de Acis es consecuencia de los celos, de la imperfección de del amor mediante la frustración. La pasión del amor que, en cuanto incumplida, frustra el orden y el propósito de la vida sellando un destino teñido de tragedia. Pero es algo más, es también la imperfección destructora de la naturaleza.

La tragedia está en que Polifemo no puede ser amado y Galatea no puede ser amada. Esta es la verdadera tragedia de la vida: la fealdad ama a la belleza. Ella es la perfección, el único objeto de amor que late en toda la creación. Pero la perfección es inalcanzable. Y sin embargo la imperfección aspira a poseer la perfección que su propia existencia hace imposible. El dolor interno de Polifemo es ese lamento interno de la naturaleza por su propia imperfección.

También encontramos el dolor de la existencia. La sangre de la vida transformada en el agua que nos conduce al mar de la muerte: Doris aclama como río al que llora como yerno. La resurrección a través de la metamorfosis.

Sin embargo, en la exposición no nos encontramos con una obra pesimista, puesto que el énfasis recae en la vida y la belleza. No hay recreación en el dolor: El ambiente lóbrego, enmarañado, inarmónico, de mal augurio, monstruoso del Polifemo gongorino se transforma en la pintura de José María. Utiliza elementos subterráneos y telúricos, pero en ningún caso sombríos o infernales. La fábula se ha impregnado de un fuerte erotismo, de una autoafirmación de la vida, de un hedonismo, que permite una mirada irónica y divertida.

José María, ajeno a toda consideración doctrinal, con su personal mezcla de lenguajes y mensajes y su excepcional dominio de las técnicas pictóricas, se acerca al mito a través de la obra literaria. Pero lo hace desde una postura iconoclástica, alejándose de la narración fiel y de las analogías fáciles. Es la suya una visión historicista atenta a los desplazamientos: Ovidio, Teócrito, Góngora.

Córdoba desnuda las tramas del mito; no le interesa tanto captar las estructuras y códigos manifiestos como su desmontaje, sus huellas, flujos, cruces y ausencias que se escapan a lo evidente. La obra de arte se convierte, de este modo, en una interpretación de la interpretación, en un juego continuo de reenvío, divagaciones y alteraciones impregnadas de ironía.

Nos encontramos ante un continuo juego de metáforas que nos remiten a la tradición al tiempo que confiere al mito una multiplicidad de nuevas lecturas. Encadenamientos, bucles y relecturas siempre abiertas. Esa multiplicidad de sentidos posee la capacidad de golpear la mente del espectador, de incitarle a que tras una inicial confusión juegue con él, participe de sus malabarismos recomponiendo un nuevo orden. Artista y espectador se ven así involucrados en el acto interpretativo como productores o activadores de nuevos sentidos. Y es que la nueva vivencia estética es un mundo abierto a la interpretación activa.

José María se sale así de los tópicos buscando nuevas interpretaciones, jugando con lo que la Deconstrucción llama los significados flotantes de la obra. Este significado flotante se compromete más con los significados periféricos, marginales o reprimidos de la obra que con los más evidentes y jerarquizados.

En los márgenes, en las notas es donde aparece lo esencial. Así, la obra en calidad de injerto no puede ser aprendida como una totalidad, no posee un sentimiento inmanente, sino que sirve de caja de resonancia a otras obras. Las imágenes y los símbolos pierden el significado previamente fijado cuando se ponen en diferentes contextos; todo signo puede extraerse de un contexto e injertarse en una cadena de signos diferentes, con ello su significado adquiere nuevos matices. Así el significado viene dado por las relaciones que un signo mantiene con los demás, por las huellas que dejan en él. La intención del artista solo contribuye a fijar algunas de esas relaciones localmente.

También Góngora fue un innovador, alguien que mirando hacia atrás rellena los espacios poéticos que las reglas vigentes de la poesía habían dejado sin llenar, asociando y unificando los procedimientos estilísticos hasta entonces distintos. En su poema, Góngora hace una deformación hiperbólica de la naturaleza, se acerca a la belleza huyendo de lo concreto, con un meticuloso interés por la forma y la elaboración sensorial de las imágenes. Pero existe en él una inquietud que trasciende a la mera forma que viene de dentro: el choque entre la realidad y la irrealidad, en el caso concreto del "Polifemo" entre la monstruosidad y la belleza. Por ello, la mayoría de sus imágenes son conceptos y meros adornos poéticos.

Si en Córdoba encontramos los significados periféricos, en Góngora encontramos la agudeza. Ambos conceptos ligan de nuevo, no solo por el tema, a los dos creadores cordobeses.

Culteranismo y Conceptismo definen literariamente el Barroco. Sinónimos contemporáneos del segundo son agudeza e ingenio. La agudeza es la agilidad intelectual que permite ver las similitudes en cosas aparentemente disímiles al descubrir correspondencias que no son evidentes por sí mismas, así como la invención que pueden expresar esas correspondencias. Tiene un sentido "sorprendente, "brillante", y artísticamente espléndido. Los conceptos agudos procuran causar maravilla y asombro por lo extraordinario, misterioso y enigmático. La agudeza es artificio, un acto artístico del ingenio cuya meta es encontrar un lazo artificioso entre las ideas o las cosas, la "correspondencia" que llamaría Gracián. Para Góngora el concepto es un acto del entendimiento que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos que se intuyen. No solo objetos materiales sino de pensamiento. La formulación verbal del concepto es la objetiva expresión de la agudeza. Estas correspondencias aparecen a lo largo de toda la obra, como es la del fuego y la muerte.

Dentro de un concepto clásico de cuadro, con una puesta en escena casi teatral, encontramos paisajes románticos teñidos de surrealismo y huellas impresionistas: el sol verde de la uva, la lujuria y los celos; el vino de la pasión, la sangre y el aguamuerte; El cielo tormentoso, el alma atormentada; la fusión de colores cálidos y violentos...

Hay un contacto con la naturaleza en sentido simbólico.

Sus personajes híbridos inquietantes: goyescos, metafísicos, surrealista, cubistas. Seres que hunden su mirada en el lado oculto de la realidad, en sus propias pasiones. Seres fragmentados porque, como para Sade, el cuerpo del deseo es el cuerpo fragmentado. Primitivos hasta convertirse en rocas de ligero vuelo círculos concéntricos como la locura obsesiva de la pasión. Animales- pasiones escapados de cómics... El inconsciente opuesto a la razón.

En sus cuadros encontramos alegorías al amor lúdico y un continuo juego de metáforas poéticas. Descubrimos el amor y los celos, lo celestial y lo telúrico, lo sereno y lo atormentado, lo lumínico y lo lóbrego, la suavidad y lo áspero, la pasión y los terribles deseos reprimidos, serenidad y violencia, la fecundidad y la destrucción. El eterno femenino y el eterno masculino en contraposición, en interminable pugna. Laberintos de pasiones en espacios cerrados o idílicos paisajes.

Polifemo se nos aparece como un lector ciego que oprime la pasión. No puede leer el "discurso" de Galatea y la ahoga en su ceguera. La ninfa se escapa a su comprensión. Sujeta el amor, lo quiere retener, el mismo amor (que no Ulises) que le ha dejado ciego, como ya quedo ciego Edipo como expiación de su culpa también amorosa. Es también la libido reprimida.

Es el clown desmembrado, roto, que sostiene la flor-deseo-pasión muerta por imposible. Su máscara es un ojo que oculta su ceguera.

Es el payaso cubista. Entre el fuego y el agua, el sudor y el deseo, la pasión y lo único que calma la pasión. A un lado el fuego del Etna, la pasión abrasadora, en el otro lo húmedo, el sexo femenino, el acto sexual.

Es el hierático pastor que deja ver un fondo de ternura femenina, una oculta sensibilidad mientras cuida de su rebaño de animales-pasiones.

Es el lector-guerrero-músico. Rotos sus instrumentos de guerra y música, el discurso cerrado, el deseo roto...

Aquel que con actitud delicada, en su pose de gigante bailarín desestructura a Galatea... ¿o tal vez es él mismo quien se deconstruye en el amor... ?

Galatea es una ninfa del agua, la que calma la pasión. Pero también es la dura roca, en su piel de pluma de cisne se esconde la sublime belleza, pero también es la blanca frialdad del desdén frente a la calidez de Polifemo.

Galatea se metamorfosea en Venus. Sus brazos son las alas del vuelo amoroso, la huida y el deseo. Es aquella que florece en el amor por Acis.

Pero en nuestra sociedad no solo existen Polifemos grotescamente enamorados, hay otros cíclopes igualmente crueles y sin ese lado de ternura: la Europa autosatisfecha, el poder, el dinero, la competencia... y otras Galateas como la libertad, las esperanzas, la fragilidad, de todo aquel que sufre el deseo del cíclope.

José María Córdoba ha desarrollado un arte al mismo tiempo inteligente y sensual desde el que nos invita a participar en un juego continuo de reinterpretación del mito y su obra. Ya lo han hecho el artista y el escritor, ahora es el turno de juego del espectador...