Figuras Alegóricas: La imagen contaminada

La pintura de José María Córdoba funciona como una ventana abierta al mundo ante la que el artista hubiera colocado el tamiz del devenir de aquella en el tiempo. Como consecuencia de ello podriamos pensar que el resultado de su mirada se redujese a una apropiación de la realidad auspiciada por intereses históricos, o que la finalidad de su trabajo residiese en la revisión y puesta a punto de un estilo que no cesara de recomponerse y ultimarse, sin embargo lo que nos depara su obra es el testimonio veraz de nuestro entorno desde una óptica que asume sin contradicciones la ironía, la comedia de costumbres, la denuncia sin despecho, la tradición de la modernidad y la búsqueda de la belleza. Más que ecléctica -que sin duda lo es- su obra se define por un temperamento que nos recuerda al de la pintura pop, desinhibido en cuanto a las exigencias resolutivas- sin el apuro de tener que sepultar un estilo que asfixie las aspiraciones de la figura y presto a hacer uso de los registros que en cada momento le sean útiles- y sólo comprometido en la crónica de la realidad.

Es la suya una pintura culta, pero no por su posible sofisticación o elitismo, sino por el sentido que el término posee en el contexto antropológico. Es la suya una obra integradora y versátil que se nutre de la Historia del Arte, pero también de la sintaxis del comic y de las estrategias de la publicidad, es un crisol donde se funden la epifanía del cuerpo femenino, la transmisión de los valores que identifican a una comunidad, los mitos redefinidos en su contemporaneidad y toda una suerte de microrrelatos que se añaden al discurso principal con la misma persistencia que el punctum que Barthes atribuye a la fotografía. Todos estos elementos entran en contacto en una obra como El caballero de la tapa de aceitunas rellenas, que viene a ser una versión personal del tema iconográfico conocido como Susana y los viejos, si bien la figura femenina contiene en sí misma el germen de otro relato, el de la vanitas, y emerge como una Venus renacentista de entre los pliegues de su propio y desconstructivo cuerpo, siendo asistida por la mirada displicente de tres canes - dubuffetianos- que unen a su condición cultural como animales de compañía, la atribuida de ser metáfora de las bajas pasiones humanas. Tres son también las aceitunas que el caballero espera devorar, mientras no retira la mirada sobre la joven.

Las pinturas reunidas en torno a L'Atelier son el último ciclo o serie cerrada de obras de José María Córdoba que parten del cuadro homónimo de Courbet, en el que el pintor realista francés se retrata en su propio taller trabajando junto a una serie de figuras que, a ambos lados, representan su "manera de ver la sociedad en sus intereses y sus pasiones". El motivo inicial ha dado de sí una serie de obras en las que nuestro artista proyecta, como en su momento lo hiciera Courbet, su lectura de la realidad inmediata: los amigos más próximos y por lo general inmersos en el mundo del arte, los críticos, los desfavorecidos, así como la modelo, el paisaje, la naturaleza muerta y el autorretrato. Toda una serie de piezas que componen una realidad compleja y fragmentada, una realidad que se implementa en sus múltiples facetas con un tratamiento estilística que relee el cubismo entre otros registros con menor protagonismo, también una metáfora sobre la situación que se vive en los circuitos del arte y un alegato a la belleza convulsa y silente que destila el deseo.